jueves, 4 de junio de 2015

'Why?' (Los casos de Neymar/Iraola y Ginger Baker)



Nada más lejos de mi intención que sugerir una nueva esencia común al fútbol y la música; antes prefiero caer en el tópico de evocar la vida inteligente (extraterrestre) cada vez que Messi hace honor a su nombre. Ni siquiera me referiré al batería británico como músico (un genio), sino como alguien que, en un momento dado, se revuelve contra su propio inconsciente ideológico, es decir contra el sentido de su “vida”.

Sobre el jugador brasileño solo he de decir que es de agradecer todo el espectáculo que sea capaz de ofrecer en cualquier momento del partido. Por eso estuvo completamente fuera de lugar la rabieta que se cogió Iraola cuando el ‘11’ del Tridente culé intentó tirarle un sombrero en los últimos minutos de la pasada final de Copa. Y yo me pregunto ¿por qué?

El hecho me parecería casi más lamentable que la pitada al himno nacional por parte de las dos aficiones enfrentadas, si no fuera porque el acto colectivo de “lesa patria” no es más que el ruido del viejo y correoso nacionalismo capitalista que, disfrazado de “raíces culturales” y “lingüísticas” y –ahora– de “verdadera democracia”, tiene a las masas (¡incluso a las izquierdas!) dispuestas a silbar al unísono por un cambio de símbolos oficiales y fronteras estatales (es decir, por una Hacienda propia); en absoluto, claro es, por un cambio de sistema. En cuanto a la ‘lambretta’ de marras, de haber sido yo el árbitro del partido, hubiera expulsado sin miramientos al jugador del Athletic por crear un absurdo precedente contrario al juego vistoso. Poca broma.

Pero, al igual que hay futbolistas con la piel muy fina, hay periodistas para quienes la sustancia de una entrevista importa menos que su propio lucimiento; y si al entrevistado le da por cargar contra el sentido mismo de las preguntas, ellos tiñen su amor propio de ultraje a su humilde talante profesional.

El ejemplo es una entrevista de 2013 para The Guardian entre el periodista Michael Hann y Ginger Baker, quien, con setenta y tres años (prácticamente a la batería), se ha dado cuenta ya de que los acontecimientos de su vida y su arte están llenos de huecos que la ideología dominante no cesa de llenar con presupuestos de lectura biográfica. Cosas tan trilladas como las influencias estéticas entre músicos y géneros musicales, la idea de evolución del arte (desde sus supuestos “orígenes”), las experiencias iniciáticas (la estancia de Baker en Nigeria, donde se habría “empapado” de los “auténticos” ritmos africanos), o incluso las drogas, etc. Aspectos todos a los que los medios de comunicación (es decir, el mercado) asignan ciertas cuotas de “valor simbólico” o “autenticidad”, es decir: para cada “acontecimiento vital” una cantidad indeterminada pero efectiva de mérito social (aun distinguiendo entre mito y realidad, la relación imaginaria con esta última es lo que cuenta: "the man and the myth"). En este sentido, todo en la entrevista estaba ya tasado de antemano; del personaje solo se esperaba que contara las anécdotas oportunas.

Pues bien, al escupirle Ginger Baker a todo eso y más (y no era la primera vez que se despachaba a gusto), el periodista pasó a temer por su propio prestigio. Hasta cierto punto es normal: el homenajeado fue a degüello con él. Pero no se entiende el pataleo posterior: “Meeting Ginger Baker: an experience to forget”.  Como dice una y otra vez la canción que da nombre al último disco en solitario de Baker (2014): Why?

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