Nada más lejos de mi intención
que sugerir una nueva esencia común al fútbol y la música; antes prefiero caer
en el tópico de evocar la vida inteligente (extraterrestre) cada vez que Messi
hace honor a su nombre. Ni siquiera me referiré al batería británico como
músico (un genio), sino como alguien que, en un momento dado, se
revuelve contra su propio inconsciente ideológico, es decir contra el sentido
de su “vida”.
Sobre el jugador brasileño solo
he de decir que es de agradecer todo el espectáculo que sea capaz de ofrecer en
cualquier momento del partido. Por eso estuvo completamente fuera de
lugar la rabieta que se cogió Iraola cuando el ‘11’ del Tridente culé intentó tirarle
un sombrero en los últimos minutos de la pasada final de Copa. Y yo me
pregunto ¿por qué?
El hecho me parecería casi más
lamentable que la pitada al himno nacional por parte de las dos aficiones enfrentadas,
si no fuera porque el acto colectivo de “lesa patria” no es más que el ruido
del viejo y correoso nacionalismo capitalista que, disfrazado de “raíces culturales”
y “lingüísticas” y –ahora– de “verdadera democracia”, tiene a las masas (¡incluso
a las izquierdas!) dispuestas a silbar al unísono por un cambio de símbolos oficiales y
fronteras estatales (es decir, por una Hacienda propia); en absoluto, claro es, por un cambio de
sistema. En cuanto a la ‘lambretta’ de marras, de haber sido yo el árbitro del
partido, hubiera expulsado sin miramientos al jugador del Athletic por crear un
absurdo precedente contrario al juego vistoso. Poca broma.
Pero, al igual que hay
futbolistas con la piel muy fina, hay periodistas para quienes la sustancia de
una entrevista importa menos que su propio lucimiento; y si al entrevistado le
da por cargar contra el sentido mismo de las preguntas, ellos tiñen su amor
propio de ultraje a su humilde talante profesional.
El ejemplo es una entrevista de
2013 para The Guardian entre el
periodista Michael Hann y Ginger Baker, quien, con setenta y tres años (prácticamente a la batería), se ha
dado cuenta ya de que los acontecimientos de su
vida y su arte están llenos de huecos
que la
ideología dominante no cesa de llenar con presupuestos de lectura biográfica. Cosas tan trilladas como las influencias estéticas entre músicos y géneros musicales, la idea de evolución del arte (desde sus supuestos “orígenes”),
las experiencias iniciáticas (la estancia de Baker en Nigeria, donde se habría
“empapado” de los “auténticos” ritmos africanos), o incluso las drogas, etc. Aspectos todos a los que
los medios de comunicación (es decir, el mercado) asignan ciertas cuotas de “valor
simbólico” o “autenticidad”, es decir: para cada “acontecimiento vital” una
cantidad indeterminada pero efectiva de mérito social (aun distinguiendo entre mito y realidad, la relación imaginaria con esta última es lo que cuenta: "the man and the myth"). En este sentido, todo
en la entrevista estaba ya tasado de antemano; del personaje solo se esperaba
que contara las anécdotas oportunas.
Pues bien, al escupirle Ginger
Baker a todo eso y más (y no era la primera vez que se despachaba a gusto), el periodista
pasó a temer por su propio prestigio. Hasta cierto punto es normal: el homenajeado
fue a degüello con él. Pero no se entiende el pataleo posterior: “Meeting Ginger Baker: an experience to forget”. Como
dice una y otra vez la canción que da nombre al último disco en solitario de Baker
(2014): Why?
No hay comentarios:
Publicar un comentario